9 jun. 2011

El Istmo de Ofqui

La playa de Desecho es uno de los pocos lugares para acampar en la orilla este de la laguna. Tiene lugar para varias carpas en la playa cuando la marea no sube mucho, además de un par de lugares protegidos al interior del bosque. Allí encontramos tres tambores plásticos de otras expedicionarios (rotulados Olaf, Martin y Peter) que se hallaban haciendo un estudio del glaciar San Benito, ubicado unos 40 km al sur y que habían cruzado el istmo por este mismo lugar.


Llegamos pasado el mediodía y ubicamos las carpas en la playa, ya que la marea no subiría mucho. Armamos los toldos y nos preparamos para hacer un reconocimiento de la ruta de porteo al interior del istmo.

Nos internamos por donde desemboca un pequeño riachuelo. Es una especie de pasadizo entre las altas paredes que rodean la orilla oeste de la laguna. Al poco andar aparece la primera de tres piscinas hechas por el hombre, para facilitar el transporte a través esta ruta.

Cabe mencionar que este paso fue usado por los nativos por cientos de años, por los náufragos de la fragata “Wager” en 1741 y después recorrido por misiones jesuitas y posteriormente por los franciscanos luego de la expulsión de aquellos. También fue objeto de exploración e inversión gubernamental durante el siglo pasado con el objeto de abrir una vía para embarcaciones menores. Nunca se llegó a abrir el canal pero aún quedan restos de los esfuerzos hechos en aquellas épocas.

El sendero continúa bordeando las piscinas que llegan hasta como la mitad del porteo y después sigue un tramo barroso y empalado hasta llegar a un pantano donde se asoman algunos canales de aguas oscuras que finalmente van convergiendo y fluyendo hacia el Río Negro. Regresamos con el resultado de la exploración para planificar el porteo para el día siguiente.

Expusimos durante la cena nuestras estimaciones de la dificultad y tiempos esperados del porteo del día siguiente. Saldríamos temprano para estar a mediodía en el Río Negro de manera de contar con toda la tarde para remar hasta el Golfo de Penas.

Tres personas del grupo deciden quedarse en el campamento mientras que el resto prepara el equipo mínimo y alimentos para solo dos días, que es lo que esperamos nos tome ir y venir al Golfo de Penas. El atraso producto de terremoto de Japón no nos permitirá visitar el glaciar San Quintín como estaba planificado.

Salimos a media mañana, arrastrando nuestros kayaks con el equipo mínimo lo que nos permite avanzar rápidamente, aprovechando cada metro de las piscinas para remar en vez de arrastrar. Con algunos incidentes natatorios llegamos sin más novedad a un canal casi cubierto por sargazos y poco después del medio día estamos ya navegando en el Río Negro, llamado así por el color de sus aguas tánicas con apariencia de té cargado. En la salida al Río Negro volvemos a encontrar una señal de los exploradores del San Benito, una bolsa seca amarilla colgada en los árboles marcando el ingreso al canal del porteo.


Remamos con cielos cubiertos, llovizna a ratos y un persistente viento noreste, que nos empuja con mayor velocidad a nuestro destino. Pasamos la confluencia con el Río Lucas, que trae las aguas de dos pequeños glaciares ubicados entre el San Rafael y el San Quintín y posteriormente la unión con el Río Blanco, llamado así por su color lechoso producto de la harina de roca del glaciar San Quintín. La mezcla de aguas toma tonos de alabastro y el río cambia de nombre a San Tadeo, ampliando el panteón de deidades cristianas celebradas en estos lugares por los antiguos misioneros.

El enorme glaciar se hace cada vez más presente hacia el sur y un laberinto de canales nos anuncian la llegada al delta del río. Nos mantenemos en nuestro curso siguiendo la orilla meridional a la vez que vamos buscando nuestro posible lugar de campamento. El viento, ya fuerza 5, nos deja en la barra que nos separa del Golfo de Penas. Sacamos los kayaks del agua y nos separamos para buscar rápidamente un lugar de campamento. Finalmente nos quedamos con una ubicación semiprotegida por unos arbustos y nos apresuramos a armar el campamento.

Con las carpas armadas, todos abrigados nos dirigimos a saludar al océano, el Golfo de Penas, destino final de nuestro viaje. Nos recibe un paisaje extrañamente luminoso a pesar de los cielos acerados. El mar, sorprendentemente calmo, brilla con un color misterioso, una especia de calipso patagónico que resembla una bestia dormida, tranquila ahora pero impredecible…

Regresamos al campamento para aprovechar la última hora de luz y cenamos y brindamos. Al día siguiente saldremos de madrugada ya que de persistir el viento norte, tendremos un día muy duro para remontar los 27 km contra viento y corriente.

Suenan los despertadores a las 5 am y empezamos a desarmar campamento bajo la luz de las frontales. El viento aun no sale así que debemos aprovechar al máximo para avanzar lo más posible. Diferimos el desayuno y pronto estamos navegando en columna guiados solo por el GPS, mientras que la claridad del día se va manifestando poco a poco. El viento brilla por su ausencia y nosotros remamos sin descanso hasta la confluencia con el Río Blanco donde paramos a tomar un frío desayuno. Remamos ahora sobre un espejo de ébano lacado, sin un asomo de brisa. Eolo nos sonríe una vez más y antes del mediodía hemos remontado el Río Negro llegando hasta donde empieza el porteo.

Iniciando la marcha de vuelta, sorprendemos a nuestros coexpedicionarios quienes nos esperaban al caer la tarde. Ellos a su vez tuvieron un día de ayer muy frío y ventoso, teniendo que mover las carpas al refugio del bosque mientras los témpanos se acumulaban en la orilla brindando un paisaje casi antártico.

Al día siguiente recogimos toda la basura que encontramos, que después al clasificarla daría como ganador a las salmoneras como principal contaminante. Zarpamos a media mañana. Un osado kayakista que quiso subirse a un témpano, con kayak, se convirtió en un sorprendido nadador, pero un rápido rescate le devolvió el título de kayakista pero ahora más cauto.

Seguimos circunnavegando la laguna por la orilla oeste para después cruzar hacia la orilla norte. En la cruzada divisamos un gran tempano con un visitante. Al aproximarnos nos percatamos que se trataba de una foca leopardo, habitantes de latitudes más extremas pero que según los locales, visita con frecuencia esta especie de injerto de hábitat glacial. Casi en el tope de la cadena alimenticia, no se preocupó mucho por nuestra presencia aunque no nos acercamos lo suficiente como para probar su paciencia.


Llegamos sin novedad de vuelta a la zona de camping donde pasaríamos la última noche. Al día siguiente cerca del mediodía, nos anuncian los guardaparques que ha llegado nuestro transporte. Nos esperan 17 horas de viaje. Usa serie de arcoíris nos acompañan parte del camino terminando de imprimir en nuestras retinas, memorias y cámaras una de las aventuras hermosas de nuestro andar por las aguas.

Gratificantemente,

Martin
Instructor de Kayak de Mar
martin@ecodeporte.cl

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